14 / 01 / 2010

La filiación a grupos sociales y/o religiosos significativos es cuestión que suele incitar la curiosidad de las personas que nos rodean. Desde luego, se trata de una peculiaridad que, de alguna manera, nos define ante los otros. A veces me he encontrado con personas que han ocultado premeditadamente esta filiación. En otras ocasiones, esta ocultación ha sido más bien un disimulo o un sutil fingimiento, preservado por la convicción de no verse obligado a manifestar algo personal respecto de un tema por el que, ni tan siquiera, ha sido interrogado. En otros casos, directamente se ha presumido de ello.

¿Eres miembro del Opus Dei?
Si la presencia creciente de miembros del Opus Dei ostentando cargos directivos en organizaciones de la sociedad civil se debiera a una estrategia definida, creo que sería contraproducente para la propia asociación. Además, también quedaría afectada su identidad.

Ante esta diversidad de posturas, en una reunión con los representantes de las federaciones, previa a mi elección como presidente nacional de CONCAPA, me vi sometido, precisamente, a la pregunta del millón. Una de las personas asistentes quiso aclarar esta trascendente cuestión preguntándome si yo pertenecía o no al Opus Dei. Aclaró, para justificar su andanada, que un hermano suyo les había causado muchos problemas y la razón que esgrimía era precisamente su pertenencia al Opus Dei. Por otra parte, también en la Confederación habían existido personas cuya filiación a la Obra se había mantenido oculta hasta el último momento, hecho muy criticado por parte de algunos dirigentes de la organización.

Naturalmente tenía que contestar, a sabiendas de que la respuesta no dejaría satisfechos a todos. Si era afirmativa, simplemente por el hecho de pertenecer a tan noble institución, sería censurado y puesto en entredicho por unos. Dada mi condición de navarro y mi actitud manifiestamente católica, si manifestara no pertenecer a ella, los más tozudos no me creerían y otros tantos podrían sentirse menospreciados, poniéndomelos así en contra. No tenía más remedio que mostrarme sincero y responder la verdad, aun haciendo constar todas estas consideraciones. Cuando pasó el tiempo, la persona que me hizo la pregunta me corroboró –no sé de qué manera debió comprobarlo– que mi respuesta había sido veraz: yo no pertenecía al Opus Dei.

¿Eres miembro del Opus Dei?
Aunque reconozco que son un buen instrumento de acercamiento a Dios, además de estar consiguiendo regenerar un catolicismo acomodado a la conveniencia o a la falta de formación de muchos siervos de la Iglesia, no me he sentido llamado a formar parte de alguna de estas instituciones

Alrededor de esta cuestión de la pertenencia al Opus Dei he sido objeto de diversas anécdotas, ya sean vinculadas con mi actividad participativa o ajenas a ella, en mi vida personal o profesional. Normalmente relacionadas con la sospecha peyorativa de que, siendo como soy, debía pertenecer a la Obra o a los “kikos”, ahora que están en auge. Sin embargo, ni Mercedes ni yo, nos hemos sentido llamados a formar parte de alguna de estas instituciones de Iglesia. Reconozco en ellas un buen instrumento para acercarnos a Dios, desde el vínculo de la comunidad eclesial. Además, en gran medida, están consiguiendo regenerar un catolicismo acomodado a la conveniencia o a la falta de formación de muchos siervos de la Iglesia.
Por otra parte, tanto dentro como fuera de este tipo de instituciones, he conocido a personas excelentes y otras no muy centradas en su visión de la realidad. Naturalmente, cuento con muy buenos amigos miembros del Opus Dei o entre los neocatecumenales.

Ciertamente, en los últimos años, se ha podido observar una presencia considerable de miembros del Opus Dei en organizaciones de la sociedad civil ostentando cargos de responsabilidad. En este sentido, aunque la llamada a la coherencia para cualquier católico debe impulsarle a participar activamente en la vida pública, y esto puede darse de forma más acusada en personas miembros de esta institución, he llegado a pensar que podría deberse a una estrategia definida. Si esto fuera así, aunque éste no es el lugar adecuado para su análisis, lo vería como un hecho no sólo negativo, también contraproducente. En alguna ocasión he padecido en propias carnes a algún que otro dirigente, manifiestamente miembro de la Obra, muy poco capacitado, actuando contra las personas de la junta directiva y los fines de la organización de padres. Al mismo tiempo, pasando por alto toda la normativa estatutaria, permanecía en la dirección sin someterse a proceso electoral alguno. Naturalmente, estas personas se comportan así por ser quienes son y no por pertenecer a organización alguna, pero su empecinamiento por estar en un lugar que le queda grande puede tener su origen, precisamente, en estas referidas relaciones colaterales, ajenas a la propia organización de padres. A menudo, los cargos son utilizados para mantener un prestigio personal de manera artificiosa.

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