21 / 07 / 2009

Jamás pensé que podría llegar a optar por la presidencia nacional de CONCAPA. Sin embargo, después de la azarosa sucesión de hechos precedentes, no podía por menos que planteármelo.

Actividad previa a las elecciones

No era yo una persona especialmente significativa en la organización. En el proceso electoral en el que la confederación había resultado dividida, ninguno de los dos sectores había contado claramente conmigo. Por otra parte, representaba a una federación pequeña, la de Navarra, que no proporcionaba más que dos votos en la asamblea.

Antes de tomar la decisión de presentarme a la Presidencia, lo primero que debía hacer era hablar con las personas más allegadas y buscar consejo. Era muy importante que, tanto Mercedes como mis hijos, se involucraran en la decisión. Ellos serían quienes, en primer lugar, sufrirían las consecuencias negativas del cargo. Su apoyo fue total, estaban implicados en mi actividad y conocían perfectamente mis motivaciones.

Por otra parte, tenía que prepararme para ejercer la presidencia de manera coherente y esto me iba a suponer una dedicación extraordinaria. Mucha gente me preguntó más tarde si me había trasladado a Madrid y si había dejado mi profesión. Naturalmente la presidencia de CONCAPA no me proporcionaba retribución alguna, mucho menos según me encontré la economía de la organización. Pero mi trabajo profesional, en cuanto a la flexibilidad de horarios, tenía que verse afectado por fuerza. Esta es la razón por la que hablé con mis compañeros y superiores. Todos aquellos con los que me entrevisté, sin excepción, me apoyaron. Especialmente el Coronel jefe del regimiento me apoyó sin condiciones, depositando en mi toda su confianza.

En esos momentos era el Presidente de la Federación CONCAPA Navarra, por tanto la junta directiva debía también implicarse en mi decisión. A fin de cuentas, debía ser la Federación de Navarra la que presentara mi candidatura. Por otra parte, Miguel Laspalas, en ese momento Vicepresidente, tenía que asumir la Presidencia.

Era muy importante para mi actuar con total transparencia e imparcialidad, mucho más viniendo de una época de intrigas y conspiraciones. Aunque nadie lo sabía por el momento, yo pensaba contar para mi equipo con personas de la otra candidatura.

Hablé con multitud de personas las cuales, después de mostrar su sorpresa, me animaban a presentarme. Una de esas conversaciones que han quedado grabadas en mi memoria fue la que mantuvimos, Mercedes y yo, con D. Fernando Sebastián, Arzobispo de Pamplona.

Una vez tomada la decisión, lo primero que hice fue anunciarlo en una reunión del Consejo Confederal. Hasta ese momento, salvo los más allegados, ajenos a CONCAPA, nadie lo sabía. Inmediatamente después de mi anuncio, como vaticinio de una perseverante rivalidad no exenta prepotencia desafiante, que no concluiría una vez celebradas las elecciones, Rafael Monter manifestaba su intención de presentarse también.

Rafael tenía gran parte del camino andado, puesto que contaba con sus fieles partidarios, que no eran otros que los seguidores de José Albiol. Los cargos directivos los tenía ya asignados a personas de cierta relevancia en la confederación. Además, habían llegado a configurar un equipo unido, que trabajaba por esa candidatura desde varios meses atrás. Contaba con una disponibilidad laboral que le permitió recorrerse casi todas las Federaciones de CONCAPA para pedir su voto. Su federación disponía de recursos económicos suficientes para afrontar todos aquellos gastos.

La presentación de mi candidatura, sin embargo, fue una sorpresa para toda la organización, a la vez que un alivio para los detractores de Rafael. El principal valor que yo quería ofrecer en la campaña electoral era precisamente mi independencia. Siempre habría un grupo de representantes indecisos a los que tendría que hacer ver que el primer reto que había que afrontar, después de las elecciones, era el de conseguir la unidad de la confederación. Para hacerlo, yo era el candidato idóneo. Pero antes de nada debía darme a conocer y dar a conocer mi proyecto. Me puse a trabajar de inmediato en una carta de presentación, que finalmente se convirtió en un documento que denominé “Presentación de candidatura”. Yo no podía visitar a las federaciones ni a los obispos, como sí hizo mi oponente; pero sí podía remitirles aquel documento, permitiéndoles de esta manera tener una idea del candidato que tenían ante sí.

Pero aquello no era suficiente. Tenía que darle forma a un proyecto concreto y al perfil de las personas que me ayudaran a llevarlo a cabo; no fuera que terminara por ganar las elecciones. Es entonces cuando Santiago Arellano, en ese momento Director General de Educación del Gobierno Foral de Navarra, me propone pasar un día en el Monasterio de la Oliva, junto a Fernando Carbajo y Andrés Jiménez, para terminar de configurar ese proyecto.

Era también importante contrastar mis ideas con los miembros del Consejo Confederal, de donde tendría que escoger a los vicepresidentes y Secretario General. Por eso mantuve una reunión con los que pudieron asistir, sometiéndome a las preguntas y consideraciones que me quisieron hacer. Los seguidores de la otra candidatura, naturalmente, no asistieron; pero era muy importante para mí actuar con total transparencia e imparcialidad, mucho más viniendo de una época de intrigas y conspiraciones. Aunque nadie lo sabía por el momento, yo pensaba contar para mi equipo con personas de la otra candidatura.

De todo aquello surgió el documento “Planteamiento organizativo de CONCAPA”, cuyas bases siguieron vigentes en la confederación aún después de dejar yo la presidencia. Quizá lo sigan estando ahora.

Y así llegó la Asamblea General. Había que hacer un último esfuerzo para convencer a los indecisos, y con esa visión preparé mi intervención .

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