11 / 01 / 2010

No todo dirigente tiene capacidades de líder. Más aún, no todo liderazgo pasa por el tamiz de la visión católica. Sin embargo, a veces, bastaría con tenerlo como referencia a alcanzar. Pero, para eso, hemos de ser conscientes del papel al que está llamado a desempeñar todo dirigente que se precie de ser católico

Entre el bien y el mal

A lo largo del relato de este memorándum he procurado huir de valoraciones, si es que la transcripción de unos acontecimientos vividos en primera persona no supone en sí una primera valoración de los hechos. Sin embargo, quedaría incompleto este documento, a mi juicio, si no recogiera una breve referencia sobre algunas apreciaciones personales; aunque sólo fuere para que el lector obtenga un elemento más a considerar en su reflexión, tanto sobre los hechos como sobre la percepción subjetiva de quien los relata.

Las ambiciones, los resentimientos, las envidias, el poder, la propensión hacia los bienes tangibles, los conflictos personales en definitiva forman parte de la misma historia del hombre sobre el planeta Tierra. Los hechos referidos aquí no son novedosos. Quizá, ciertamente, no exista una persona adulta que no haya vivido en primera persona circunstancias similares a las relatadas, o al menos cuente con referencias a situaciones parecidas. No se ha buscado, por tanto, impresionar al lector a través de la concreción en el relato. El sentido y el alcance de este memorándum se ha intentado transmitir en la presentación. Sin embargo, un poco más allá todavía, puede ser sugerente realizar un ejercicio de interiorización para reflexionar, pudiendo descubrir finalmente un cierto tono pedagógico en los acontecimientos narrados. A nivel personal, por otra parte, se debe valorar positivamente el desapego, no sólo a los cargos, sino también a las instituciones en las que dejamos gran parte de nuestra propia vida. Esto siempre supone una verdadera purificación del alma, y desde esta perspectiva se han intentado vivir los sucesos descritos. Quizá la voluntad de sentido respecto a las circunstancias más adversas, preconizada por Viktor E. Frankl, e innata a todo hombre, quede saciada de esta manera.

La historia del ser humano siempre estuvo presidida por dos grandes fuerzas: la del bien y la del mal. La acción civilizadora de la humanidad, lamentablemente, por el momento, no ha transitado hacia la perfección bondadosa del hombre; antes bien, los avances se han encaminado hacia el bienestar. Jamás una sociedad como la nuestra se ha encontrado tan civilizada en su bienestar. A los civilizados componentes de esta sociedad nos resulta muy complicado percibir la incidencia de esas dos poderosas fuerzas sobrenaturales que anidan en nuestras entrañas. La ceguera no nos permite discernir claramente entre las diversas posibilidades de hacer el bien o propiciar el mal.

La experiencia me ha hecho ver protagonismos que, con buena o mala fe, han sido más perniciosos de lo deseable. El poder por el poder, el orgullo ante la evidencia, el silencio interesado ante la injusticia, la interpretación tergiversada ante la verdad comprometida, la amistad de conveniencia frente al amor sincero al prójimo, son todas actitudes frecuentes a las que somos animados desde una sociedad acomodada en su bienestar.

En esta línea, ni siquiera el pueblo de Israel, alentado por la protección divina de Jehová, primero en su liberación de Egipto y más tarde en su largo éxodo por el desierto, pudo resistirse al salvaje influjo de la idolatría. En nuestros días, y en el mejor de los casos, puede que idolatremos incluso nuestra relación con Dios, haciendo de la oración un fin en sí mismo, sin llegar a ser capaces de materializar el amor debido a Él sobre todas las cosas. La bondad es un dios menor. Rendirle culto no nos aboca más que a procurarnos un débil refugio en la apariencia del bien, mucho más que en el bien mismo. Consecuente con esta reflexión, siempre anduve ocupado en la búsqueda de caminos hacia la perfección en el bien, los cuales no podían tener un rumbo distinto que el del servicio a los demás. Esta es la suprema libertad del hombre, la de elegir o no los caminos que nos llevan al bien.

Ser dirigente de una organización como la CONCAPA es susceptible de abordarse desde diferentes perspectivas. La experiencia me ha hecho ver, como seguro que también podrá sospechar el lector con un mínimo de perspicacia, protagonismos que, con buena o mala fe, han sido más perniciosos de lo deseable. El poder por el poder, el orgullo ante la evidencia, el silencio interesado ante la injusticia, la interpretación tergiversada ante la verdad comprometida, la amistad de conveniencia frente al amor sincero al prójimo, son todas actitudes frecuentes a las que somos animados desde una sociedad acomodada en su bienestar. Sociedad que idolatra dioses menores procurando cuidar las formas, con apariencias bondadosas, que de no ser admitidas nos relegarían en la depresión social. Sin embargo, actitudes diferentes, tarde o temprano han supuesto siempre para el líder el escarnio social, la infamia y la humillación. No importa. El verdadero líder debe contar, y cuenta, con recursos suficientes para levantar el vuelo por encima de las bajezas humanas. Con la necesaria humildad, quienes reconocemos a Jesucristo como modelo somos conscientes de que el verdadero liderazgo es un liderazgo por la Verdad, por el Amor y por la Justicia. Y es, además, un liderazgo que comporta riesgos que deben ser asumidos. Nuestra sociedad necesita, más que nunca, este liderazgo comprometido y no al que estamos acostumbrados, el liderazgo medrador de poder.

Los dirigentes de CONCAPA, quizá más que otros, están llamados a esta vocación. No importa si ostentan un cargo o simplemente son vocales. Se deben afrontar los riesgos con madurez, pero no hay más remedio que arriesgar. Nuestra misión nos conduce por un camino de perfección que al mismo tiempo facilita cumplir, con disposición de servicio, el sagrado mandamiento de AMAR al prójimo. Al hacer el bien a los demás no podemos ponerle precio. Nuestra contribución a la felicidad de los otros no se puede contraponer ni con una categoría laboral, ni con leyes, ni con códigos éticos, ni siquiera con la ambición legitima de poder. Ante circunstancias como las que se han vivido en esta triste aventura no sirve de nada el dictamen de un juez. Pero, probablemente tampoco consigamos la absoluta impunidad, aunque el tiempo se encargue de cicatrizar los desgarros. Es más bien el severo juicio primario de nuestra conciencia, con la sincera disposición a la rectificación y al perdón, el que nos permite salir airosos de la debilidad y de la imperfección.

La verdad, no es más verdad en función de quién y cómo la presente. La lección magistral que se nos ha ofrecido no ha sido otra que la de la perversión del relativismo moral. Aunque el fin perseguido por el presidente, no subir la categoría laboral de la Secretaria Técnica, fuera legítimo, los medios empleados han sido desproporcionados e injustificados. A ello hemos colaborado todos, prescindiendo de la corrección fraterna y engañados diabólicamente por esos dioses menores que nos rodean en nuestra vida cotidiana y que idolatramos sin ser conscientes de ello.

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