28 / 06 / 2022

Me permito recoger este artículo de opinión que describe, a mi parecer, acertadamente las interacciones entre PP y VOX; particularmente en relación con las elecciones andaluzas. Es difícil conseguir que una sociedad que ha estado votando durante tanto tiempo a un partido de señoritos progres, aunque algo ladronzuelos, abra los ojos tanto como para elegir a quienes están estigmatizados como los ultraderechistas que les esclavizaron en los cortijos andaluces. Pero, paciencia, poco a poco se irá curando la catarata.

Lo que el PP debe a VOX

Resulta especialmente chocante la querencia que tiene España hacia el bipartidismo. Que conste que yo no soy especialmente contrario a dicho sistema de alternancia; de hecho, grandes y sólidas democracias han funcionado durante decenios muy satisfactoriamente a base de esta fórmula.

El bipartidismo tiene razón de ser cuando existen grandes consensos en las cuestiones estructurales más básicas: en política internacional, en los planteamientos económicos generales o en los proyectos sociales. Si esos consensos son los que verdaderamente responden al bien común, el bipartidismo supone una cierta garantía frente a los extremismos más ocurrentes o a las corrientes rupturistas. Así ocurría en países como Estados Unidos y en el Reino Unido durante la postguerra. En aquellos años, existía allí un amplio consenso acerca de determinados asuntos, como era, por ejemplo, promover una alianza atlántica anticomunista en unos tiempos de expansionismo estalinista. E igualmente los dos partidos predominantes en dichos países trabajaban por una política de pleno empleo, expansión económica y también de atención social en los servicios públicos como Educación y Sanidad.

La oposición entre esos dos partidos principales se centraría más bien en la gestión de las grandes líneas políticas consensuadas. En todo caso, consistiría en pequeños matices o en una letra pequeña que no alteraba la fundamental concordia. De modo que la radical rivalidad de los dos partidos hegemónicos dependería, en gran parte, del hecho escueto de que, al fin y al cabo, los dos estaban compitiendo por las poltronas del poder, sin poner tela de juicio los planteamientos esenciales.

Lo que el PP debe a VOX
El PP parece que no es consciente de la gran ventaja estratégica que ha supuesto para ellos la irrupción de VOX en las instituciones. En tiempos del infausto Zapatero, el PP era demonizado por su posición “geográfica” en el espectro político español, como la única y auténtica “extrema derecha”. Esto justificaba ataques e improperios y, lo que es peor, la constitución de un cordón sanitario promovido por la extrema izquierda y los separatistas, valga la redundancia.

Pero lo cierto es que las actuales ejecutivas del PP y del PSOE comparten muchas más cosas que las de PP y de VOX. Otra cosa es que, en el fondo, muchos votantes sigan conservando la esperanza de que, algún día, el partido de la gaviota actúe en la forma que marca su programa, supuestamente más próxima al partido de Abascal. Por eso le dan una oportunidad tras otra. Yo lo llamaría “la moral del Alcoyano” o, más bien, la excusa con la que se engaña el que se quiere engañar a sí mismo. Pues lo cierto es que esa tendencia al bipartidismo se mantiene en la medida en que persiste la idea de que lo esencial es compartido por el duopolio que nos lleva gobernando durante cuarenta años.

Si vamos a la realidad concreta, PP y PSOE coinciden en el Parlamento Europeo muchas más veces de las que disienten. Y en política nacional ambos son condescendientes con los lobbies homosexuales, ecologistas, sindicalistas y feministas, por decirlo en términos suaves. Uno y otro ven con buenos ojos la masiva inmigración ilegal o, al menos, se niegan a combatirla con argumentos buenistas supuestamente humanitarios, pero muy lesivos para los sectores más humildes de nuestra sociedad. Los dos son partidarios del Estado autonómico, no se preocupan por la masiva deuda pública, ignoran el inminente invierno demográfico, admiten la Agenda 2030 y defienden el mismo modelo energético. Tanto uno como otro pagan con dinero público a los medios de comunicación, a fin de que les echen incienso que mitigue un poco el hedor de sus casos de corrupción. Y para eso también se reparten amigablemente los jueces en algún descanso de su permanente gresca en la que siempre están enfrascados.

Es verdad que también tienen algunas diferencias, pero no son especialmente significativas: el entreguismo con Marruecos parece un poquito más exagerado en el PSOE. La complicidad con los separatistas parece un poco más proactiva entre los socialistas. Estos van siempre a la vanguardia en leyes ideológicas, en promover el aborto, la eutanasia, la perspectiva de género, una Memoria Histórica distorsionada… Pero el PP nunca revierte esas políticas, aunque proteste un poco al principio. Diríamos que colaboran, unos por acción (“Poli malo”) y otros por omisión (“Poli bueno”), como un reparto de papeles que implica una verdadera división del trabajo en beneficio de la consolidación de unos fines que no son precisamente los que preconiza la Derecha. Ni siquiera las leyes educativas han supuesto un verdadero campo de confrontación entre ellos, ni la reforma laboral del PP afectó a nada esencial. Por eso se puede decir que ambos cooperan de forma sincronizada, aunque nunca cesen de tirarse los trastos a la cabeza.

En ese contexto, el PP parece que no es consciente de la gran ventaja estratégica que ha supuesto para ellos la irrupción de VOX en las instituciones. En tiempos del infausto Zapatero, el PP era demonizado por su posición “geográfica” en el espectro político español, como la única y auténtica “extrema derecha”. Esto justificaba ataques e improperios y, lo que es peor, la constitución de un cordón sanitario promovido por la extrema izquierda y los separatistas, valga la redundancia. Durante, algunos años, el PSOE creyó que se podía dar por superado el bipartidismo, apoyándose en esos sectores anti-sistema extraordinariamente crecidos por la crisis del 2011 y la aparición de esos fenómenos poltergeist que supusieron Podemos, las mareas, las CUPS y otras excrecencias indigenistas y bolivarianas. Movimientos inquietantes que, junto con la inoperancia rajoyana, resultaron extraordinariamente rentables para el PSOE de Sánchez, el cual todavía no se explica cómo pudo llegar a la Moncloa cuando era un político desahuciado. Él lo llamará resiliencia, nosotros caradura.

Lo que el PP debe a VOX
Incluso se da el caso de un señor titulado en Protocolo, que sacó los peores datos del PP en unas elecciones andaluzas (que ya es decir) y, sin embargo, llegó a ser presidente de dicha región, el cortijo socialista, precisamente cuando apareció VOX, después de casi cuarenta años de intentos baldíos y de una frustración propia de Tántalo.

Curiosamente, la irrupción de VOX indignó al votante pepero con una tirria que aún recordamos: “Estáis dividiendo a la derecha”, “por vuestra culpa, el PSOE va a ganar siempre”, nos decían las señoras a la salida de misa de doce con una mueca que casi parecía odio. Lo mismo decían los sabiondos tertulianos pagados por el contribuyente, pero colocados en los medios de la cuerda pepera. Sin embargo, lo único cierto es que, desde entonces, el PP no para de ganar elecciones, con la única excepción de un territorio del que el bipartidismo se ha retirado totalmente: Cataluña. Allí parece claro que VOX lidera el principal rescoldo de resistencia del sentido común. Y también parece que les sienta mal.

Incluso se da el caso de un señor titulado en Protocolo, que sacó los peores datos del PP en unas elecciones andaluzas (que ya es decir) y, sin embargo, llegó a ser presidente de dicha región, el cortijo socialista, precisamente cuando apareció VOX, después de casi cuarenta años de intentos baldíos y de una frustración propia de Tántalo. Todavía no se ha oído de sus labios la palabra “gracias”, a pesar de que es un tipo afable y “tó buena gente”.

Y no solo eso; vemos a la izquierda, que se acaba de dar un batacazo espectacular, casi tirando cohetes por la mayoría absoluta del PP, un vuelco en el que probablemente ha participado algún socialista reflexivo, acongojado por la amenaza voxística.

En definitiva, que hay que darle la enhorabuena a ese dechado de moderación y centrismo al que la izquierda ve ahora como mal menor, porque para eso existe el bipartidismo, como último dique de contención. Los sindicatos corruptos, los paniaguados de los chiringuitos sociatas, las curritas del Guorperfe, las profesionales del género que parasitan la Administración y los enchufados del Canal Sur, entre otros, habrán brindado con champán por el triunfo de un partido que, hasta ayer, era el de “los señoritos” y el de los “cayetanos”.

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