16 / 04 / 2020
Wuhan, el Chernóbil chino

Las grandes catástrofes de la época moderna han sido aun mayores como consecuencia de la mala gestión de aquellos que tienen el deber de llevarla a cabo. La información sesgada, manipulada, impuesta, conforma el caldo de cultivo perfecto para que el aumento exponencial en la pérdida de vidas humanas no dé origen a la crítica incómoda. El engaño, el mejor antídoto para conducir a los ciudadanos hacia la resignación buenista, palmeando sin cesar como si de una fiesta se tratara.

En abril de 1986 Europa vivió la mayor amenaza sobre la vida de sus ciudadanos desde la Segunda Guerra Mundial. Sobre el cielo gris del continente avanzaba una nube radiactiva desde Ucrania, entonces perteneciente a la URSS. Las cifras de muertos en el accidente de Chernóbil, difundidas por el gobierno comunista, rondaban el medio centenar. Me parece que aun hoy siguen manteniendo esa cifra. La Organización Mundial de la Salud elevó el número en 2005 hablando de una cantidad entre 4.000 y 9.000 muertes, una horquilla muy clarificadora (ironía). Aquella catástrofe dio un impulso a la Perestroika llevada a cabo por Mijaíl Gorbachov.

Reportaje de Informe Semanal emitido pocos días después de la catástrofe de Chernóbil, ocurrida el 26 de abril de 1986.

El Chernóbil chino nos ha sorprendido este año localizado en la ciudad de Wuhan. La manipulación informativa de un régimen comunista como el que gobierna en China está teniendo unas consecuencias gravísimas sobre todo el mundo. Quizá mucho mayores que las de aquella nube radiactiva amenazante. El COVID-19 se va a quedar con nosotros hasta que los más resistentes hayan conseguido sobrevivir creando anticuerpos y los más vulnerables hayan muerto fatalmente. La gestión del gobierno chino, no sé por qué, me recuerda mucho a la de aquel otro de la URSS.

Tenemos derecho a que se nos informe fehacientemente. Tenemos derecho a velar nuestros muertos. Tenemos derecho a que se respete nuestra visión trascendente y la religiosidad que nos reconforta. Tenemos derecho a no ser utilizados como vulgares palmeros ajenos al dolor, la incertidumbre y la muerte de tantos que lo padecen a nuestro alrededor.

En España nos ha tocado la china de un gobierno con los mismos tintes de aquel que gestionó Chernóbil o el que ahora nos ha propagado el coronavirus. Digo los mismos tintes, ¡ya les gustaría disponer de toda la pintura para colorearnos la catástrofe a su vil antojo! Pero, más allá de las causas o de la imprevisible fatalidad que rodea a un hecho accidental o, como en nuestro caso, una tragedia sobrevenida, los ciudadanos tenemos derecho a ser respetados en nuestra dignidad. Tenemos derecho a que se nos informe fehacientemente. Tenemos derecho a velar a nuestros muertos. Tenemos derecho a que se respete nuestra visión trascendente y la religiosidad que nos reconforta. Tenemos derecho a no ser utilizados como vulgares palmeros ajenos al dolor, la incertidumbre y la muerte de tantos que lo padecen a nuestro alrededor.

No digo que afrontar una crisis como esta sea fácil, ni que otros hubieran tenido ocurrencias más eficaces. Lo que digo es que los que están han querido estar para gestionar nuestro dinero, nuestro sistema de convivencia, nuestro sistema sanitario, laboral, educativo, ... y lo están haciendo no mal, peor. Se veía venir, porque los métodos que tanto admiran quienes nos gobiernan son los que se aplican en los regímenes como el chino. Y esto, nos va a costar, además de muchos más muertos, mucho más dinero. Por otra parte, no es admisible, de ninguna manera, el juego seudo-folclórico de las televisiones. En otros casos, esas mismas televisiones hubieran hecho gala de su voracidad caníbal contra la ineptitud del gobierno. Si quienes nos gobiernan estuvieran en la oposición no pararían de propagar soflamas agresivas e insultantes, y las televisiones serían su mejor altavoz. En esta ocasión se dejan comprar su servicio con nuestro dinero.

¿Y China? Hasta ahora se ha venido haciendo la vista gorda sobre los abusos de esta dictadura comunista. Unos abusos que son denunciados en otros países. Nos hemos prestado al mercantilismo capitalista que permite a nuestras empresas invertir en aquel país, mientras que en Navarra hemos dejado de comer espárragos forales para comprárselos a los chinos. ¡Tiene narices!

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