20 / 02 / 2020

Educar es toda acción encaminada a conseguir que una persona extraiga lo mejor de sí misma

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¿Es lo mismo instruir que educar?

Cuando, desde pequeñitos, nos llevan al colegio lo que allí obtenemos principalmente es el aprendizaje de contenidos. Este aprendizaje se lleva a cabo de manera progresiva y secuencial. Al mismo tiempo, nos adiestran para adquirir ciertas habilidades. Los padres pretendemos complementar ese aprendizaje de conocimientos o habilidades a través de refuerzos extraescolares. El objetivo no es otro que el de conseguir que, al llegar a la vida adulta, uno se sepa desenvolver sin problemas. Es necesario aprender a ejercer una profesión y todo aquello que se necesite conocer para poder sobrevivir en una sociedad que tiene sus complejidades propias y diferentes a las de otras épocas y culturas. Los niños, desde pequeñitos son instruidos en los centros escolares, pero ¿tiene algo que ver esta instrucción con lo que llamamos educación?

La acción educadora precisa de rigor y disciplina, pero no es impositiva, no es intransigente, dosifica la severidad. Por otra parte, la educación exige en el educador una coherencia sin fisuras entre lo que pretenden inculcar y lo que vive realmente

La educación supone subir un peldaño más en este proceso que nos lleva hasta alcanzar la madurez. La acción educadora es la que permitirá que el educando adquiera hábitos de comportamiento que ha debido ir interiorizando paulatinamente. Unos hábitos saludables, sustentados en unos principios vitales que ha ido afianzando y que le debieran reportar un equilibrio psicológico y emocional. La acción educadora precisa de rigor y disciplina, pero no es impositiva, no es intransigente, dosifica la severidad. Por otra parte, la educación exige en el educador una coherencia sin fisuras entre lo que pretenden inculcar y lo que vive realmente. Cuando esta coherencia se ha vulnerado, porque somos humanos y cometemos errores, la acción educadora muestra otra característica que la enriquece y la convierte en sublime. Esta característica es la humildad. El educador ha de mostrarse humilde reconociendo ante el educando los errores que cometa, y si han sido ofensivos mostrar un sincero arrepentimiento pidiendo perdón. Naturalmente con propósito de enmienda.

La acción educadora es la que irá configurando la personalidad en el educando. La instrucción y el adiestramiento nos facilitan los instrumentos para desenvolvernos en la vida. Pero la educación es la que nos aporta los cimientos sobre los que vamos a sustentar, sostener, esa vida. No se trata de inculcar buenos modales en el educando, aunque también hay que hacerlo. Una persona puede ser exquisita en sus modales, pero adolecer de una deficiente educación. Por otra parte, nos quedaríamos en un proyecto de mínimos si tan sólo nos conformáramos con algo que últimamente he escuchado en alguna ocasión, a saber: “inculcar en el educando que pida las cosas por favor, que se acostumbre a dar las gracias y que sepa pedir perdón”. Todo ello es correcto, hay que hacer eso… y mucho más.

¿Es lo mismo instruir que educar?
Esta es una imagen, probablementen generada desde el ámbito del profesorado, que ha circulado por las redes y cuyo contenido es muy acertado

Pero educar es todavía algo más que aprender a dar las gracias, a pedir perdón o solicitar las cosas por favor. La educación modela la conciencia, nos orienta para hacer el bien y nos prepara para ser comprensivos con los demás. Educar supone inculcar en el educando el valor de la honestidad, de la humildad, de la sinceridad. Y al mismo tiempo supone un antídoto contra la ingenuidad y ante la manipulación. Nos aporta una armonía psicofísica, nos sensibiliza para apreciar la belleza, nos aporta recursos para el autocontrol, nos hace apreciar la austeridad, modela nuestras ambiciones colocándolas en la justa dimensión. La educación, en fin, nos permite apreciar el valor de la religiosidad, nos aporta estabilidad de carácter, equilibra nuestra autoestima. Nos facilita el ser auténticos, el ser nosotros mismos, aquello que estamos llamados a ser.

Pues bien, en los centros de enseñanza, prioritariamente, lo que se imparte es instrucción; mientras que el ámbito excepcional y propio de la educación es la familia. El porqué esto ha de ser así se escaba al objeto de este artículo, aunque el sentido común ya nos puede dar muchas pistas sobre la respuesta. Naturalmente, todo esto no quiere decir que en el colegio no exista una incidencia educadora. Así como, en la familia también se adquieren conocimientos que complementan los del colegio. Pero lo propio del colegio es la instrucción y lo propio de la familia es la educación. En el colegio, un buen maestro educador ejercerá sobre el educando un poderoso influjo que no olvidará de por vida. Pero mi hija tampoco olvidará que fui yo quien le enseñó a montar en bicicleta o quien le explicaba los problemas de matemáticas que se le atascaban.

Incluso la ausencia de un propósito educador también ejerce una incidencia educativa sobre el educando. Y es en los primeros años de vida, a través de este influjo educativo, cuando se sientan las bases fundamentales que configurarán la personalidad del individuo

El individuo, allí donde se encuentre, siempre recibe un influjo educativo. Incluso la ausencia de un propósito educador también ejerce una incidencia educativa sobre el educando. Y es en los primeros años de vida, a través de este influjo educativo, cuando se sientan las bases fundamentales que configurarán la personalidad del individuo. Las deficiencias en el ejercicio de la responsabilidad educativa de los padres, ya sea por falta de presencia, ausencia de criterios o criterios poco formados o incluso deformados, tendrá sobre los pequeños una incidencia tan determinante como una acción educadora responsable y de criterio firme y coherente. De esta manera, contra más deficiente sea la educación, más vulnerable será el individuo. Y por la misma razón, más expuesto a la manipulación. Cuanto más defectuosa sea la instrucción y la educación recibida más factible será que el individuo se convierta a su vez en un manipulador, quizá incluso sin ser consciente de ello.

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