16 / 12 / 2020

La religiosidad es un aspecto ineludible al afrontar la educación. De una manera u otra ha de estar presente. Si se rehúye u omite una cuestión de tal relevancia para la adecuada evolución hacia la madurez, se producirá un vacío que intentará llenarse con otras razones o conjeturas que pretendan encontrar el sentido trascendente que todo ser humano precisa al hacerse las preguntas clave sobre su existencia.

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Educar es transmitir
Los cristianos creemos en un Dios que es Padre. Se trata de una pura consecución psicológica: nuestra aceptación de Dios estará marcada por la referencia a nuestro padre biológico. No obstante, los hijos deben experimentar el amor sincero, incondicional, comprometido y fiel entre el padre y la madre. Este será el mejor ecosistema educativo para lograr un correcto y equilibrado desarrollo y progreso hacia la madurez

La crianza de los hijos culmina si se hace desde la perspectiva de la educación; aunque no todos los padres, en la actualidad, contemplan la educación de los hijos con la misma hondura. Los propios padres adolecen, quizá hoy más que nunca, de la necesaria profundidad de miras como para sentirse ellos mismos capaces de proporcionar unas mínimas certezas a sus retoños. Pero, criar a los hijos no puede, ni debe, limitarse a satisfacer sus necesidades biológicas, o incluso psicológicas. El ser humano para avanzar hacia su madurez de manera firme y equilibrada necesita tener unas referencias en las que apoyarse, con las que guiarse. Esas referencias, en origen, las proporcionan los padres, sean o no conscientes de ello. Los padres son los responsables de acompañar a los hijos en sus primeros pasos por la vida, pero no solo en sentido estricto sujetándoles para que no se caigan al dar sus cortas zancadas. Los padres han de acompañar a los hijos conduciéndolos a través de las acciones que paulatinamente van configurando su incipiente existencia. Y es en los padres en donde los hijos se fijan, no solo por cercanía sino por puro instinto de supervivencia, para ir adquiriendo toda una estructura jerarquizada de valores, de actitudes y hasta de interpretaciones de la realidad que les circunda. Más adelante, rechazarán o asumirán como propias esas referencias paternas; y lo harán en función de diversos factores: sociales, culturales, amistades, profesores... Uno de ellos será la relación personal que han mantenido con el padre, por un lado, y con la madre, por otro, porque ambas son diferentes. Otra, de radical importancia, será la coherencia de vida que hayan percibido en sus progenitores.

En tiempos no muy lejanos se consideraba que la madre era la auténtica garante de la fe en la familia y era ella la primera, sino única, responsable de transmitir esa fe. Ahora se tiene la certeza de cuán importante es la presencia y la relación que se tenga precisamente con el padre. En gran medida la religiosidad de una persona quedará marcada por la actitud religiosa que perciba en su propio padre. No en vano, los cristianos creemos en un Dios que es Padre. Se trata, por tanto, de una pura consecución psicológica: nuestra aceptación de Dios estará marcada por la referencia a nuestro padre biológico. No obstante, los hijos deben experimentar el amor sincero, incondicional, comprometido y fiel entre el padre y la madre. Este será el mejor ecosistema educativo para lograr un correcto y equilibrado desarrollo y progreso hacia la madurez. La escuela también ejerce un influjo en esta transmisión de la fe, pero mucho menor de lo que se puede pensar. Es la familia la que marca definitivamente la actitud religiosa de los hijos. Naturalmente, los hijos, con toda probabilidad, salvo rebeldías enquistadas y patológicas, que las hay, tenderán a reproducir esta misma visión, este mismo enfoque, del matrimonio y de la vivencia religiosa familiar. En principio, parece saludable este ecosistema de convivencia y relaciones familiares al que nos referimos. Pues bien, es este, precisamente, y no otro, el enfoque del matrimonio que es germen de la familia católica.

Educar es transmitir
Todo católico debe ser conocedor de las miserias y perversiones en las que la Iglesia católica se ha enfangado a través de los siglos, sus razones, su contexto y sus consecuencias. Pero también ha de conocer y tener interiorizada la trascendencia bondadosa que para la humanidad ha supuesto, como la de ninguna otra religión, la acción de la Iglesia católica. La incidencia determinante de personas identificadas con esta Iglesia.

Si bien educar es transmitir, activa o pasivamente, todo ese conglomerado de actitudes, conductas, formas de interpretar la realidad, referencias sobre las que sustentar nuestras concepciones más primarias respecto a la existencia, las relaciones personales, la comunidad en la que hemos crecido,…; transmitir la fe católica es otra historia. Asumir la fe católica no es adherirse a una ideología. No se trata de participar, de estar de acuerdo, con una filosofía. Formar parte de quienes practican la fe católica no supone simplemente integrarse en una cadena de transmisión generacional de conocimientos, tradiciones, historias más o menos épicas. Todo esto, quizá sea válido para otras religiones; para la católica, no. Sin lugar a dudas, la educación debe abordar todo lo anterior. Nuestros hijos han de conocer las verdades de la fe católica, y han de conocer también los argumentos razonables que las sustentan. Todo católico debe ser conocedor de las miserias y perversiones en las que la Iglesia católica se ha enfangado a través de los siglos, sus razones, su contexto y sus consecuencias. Pero también ha de conocer y tener interiorizada la trascendencia bondadosa que para la humanidad ha supuesto, como la de ninguna otra religión, la acción de la Iglesia católica. La incidencia determinante de personas identificadas con esta Iglesia. Valorar en su justa medida los enemigos que la han desprestigiado y difamado, así como las razones por las que lo han hecho. Conocer la biografía de los santos -al menos los más relevantes- y la repercusión que han tenido en la humanización de nuestra civilización globalizada.

Los nuevos católicos han de recorrer forzosamente este camino de iniciación, cuyo trazado es el que ha de proporcionarse a través de la educación. Ello supone, naturalmente, que el agente transmisor conozca todos estos aspectos que contextualizan de manera irrenunciable una fe que ha de asumirse de un modo muy especial. En otros tiempos, en un contexto social más favorable, en una cultura donde la autoridad era impositiva y hasta temida, puede que sirviera de manera generalizada una transmisión mecánica y superficial de la fe, sostenida por un entorno cultural estrictamente católico. En la actualidad, todo es adverso y los nuevos católicos han sido abducidos por la propaganda del intolerante protestantismo y la publicidad ilustrada. Por eso, más que nunca, la fe católica no puede ser ciega. Por otra parte, la fe católica no es una fe privada, recluida en la intimidad personal, adaptada a la visión particular de cada cual, modificada a conveniencia de las necesidades y circunstancias de cada uno. Todo ello puede dar lugar, y así ocurre y ha ocurrido a través de la historia, a desviaciones heréticas que han desfigurado el mensaje cristiano dando lugar a una moral utilitarista en la que la bondad y la maldad se confunden perversamente.

Educar es transmitir
La fe católica no es una fe privada, recluida en la intimidad personal, adaptada a la visión particular de cada cual, modificada a conveniencia de las necesidades y circunstancias de cada uno. Todo ello puede dar lugar, y así ocurre y ha ocurrido a través de la historia, a desviaciones heréticas que han desfigurado el mensaje cristiano dando lugar a una moral utilitarista en la que la bondad y la maldad se confunden perversamente.

El Dios de los católicos es un Dios personal, que nos conoce personalmente y que se acerca a nosotros de manera personal. Quiere tener con cada uno de nosotros una relación íntima, única e individual. Tener fe, para un católico, debiera suponer haber llegado a un encuentro personal con Dios. Haber descubierto a ese Dios que le conoce, a quien le debe su ser, y a quien todo está supeditado. Tener fe, para un católico, supone haber llegado a la convicción de que, pase lo que pase en su vida, hay un Ser todopoderoso que lo tiene en su mirada amorosa porque nuestra propia existencia responde a un acto voluntario y libre de Él. Si existo es porque Dios ha querido que yo, y no otro, exista. Dios ha previsto para mí un proyecto de eternidad en el que quiere que yo intervenga decisivamente. Y por amor ha querido limitar Su voluntad y supeditarla a mi libertad. Yo decido, este es el prodigio de la existencia humana. El ser humano, en función de su libertad, puede ignorar la voluntad creadora de Dios o aceptar con humilde gratitud que su existencia le ha sido regalada. Dios le ha querido.

Con cada persona comienza un nuevo camino de encuentro hacia el Supremo Hacedor. Para ello, alguien nos lo tiene que presentar porque nacemos ajenos, incluso, a nuestra propia consciencia, a nuestra propia realidad. Sin embargo, una de las primeras preguntas que todo ser humano se hace al poco de reconocerse a sí mismo es ¿de dónde vengo? ¿por qué yo y en este lugar? Pues bien, educar en la fe católica, transmitir esa fe no puede ser otra cosa que facilitar el contexto para que se llegue a producir ese encuentro, ese descubrimiento sublime que permite entrever la respuesta a esas preguntas que circundan toda nuestra existencia. No es posible imponer la fe católica y solo se interioriza y se asume al reconocer una deuda de gratitud que no es reclamada y ha de aceptarse voluntariamente.

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