31 / 03 / 2020

Quizá sean la muerte y el sufrimiento los dos grandes temas que, de manera recurrente a lo largo de la historia, han supuesto un enfrentamiento del hombre con Dios. Y, me atrevo a vaticinar, que así seguirá ocurriendo hasta el fin de los tiempos

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Muerte y sufrimiento

No podemos asimilar que un dios todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno, como lo es Aquel en el que creemos los cristianos, pueda permitir en el ser humano, si no provocar, tanto dolor como el que se llega a soportar por la inmensa mayoría de los mortales. No podemos entender la muerte, justificada solo por el acontecimiento lírico de que nuestros “primeros padres” (al parecer, según ha demostrado la ciencia, un par de simios aventajados) cometieran el pecado de comer una manzana prohibida por Dios. Precisamente, sobre todo esto reflexiona Peter Singer, filósofo y profesor de bioética en la Universidad de Princeton, en un artículo que titula “¿El Dios del sufrimiento?”. Este artículo fue publicado en el diario El País el 01 de junio de 2008. Para más señas, Peter Singer es un personaje que viene defendiendo derechos humanos para los simios en diversos foros internacionales, aunque por otro lado cuestiona aspectos que caracterizan la humanidad del hombre. Quizá, para él, el hombre es más animal de lo que se piensa; y el simio más humanoide de lo que creemos. O dicho de otro modo, no es que el hombre esté hecho a imagen y semejanza de Dios sino, más bien, a imagen y semejanza del mono. Para más señas, Peter Singer ha explicado, sin producirle náuseas, la práctica de la zoofilia.

La visión, que niega la existencia de Dios, nos limita en nuestras posibilidades de entender las cuestiones que rodean la existencia del ser humano. Nos cierra puertas a la hora de intentar aproximarnos al conocimiento, a la Verdad

Para el entendimiento humano es difícil asumir que exista un Dios tan inmensamente bueno como poderoso y que, al mismo tiempo, haya programado para sus criaturas predilectas la muerte y el sufrimiento. Sin embargo, una visión como ésta, defendida incluso por intelectuales del tipo Peter Singer, no sólo empobrece nuestra dignidad haciéndonos semejantes a los demás seres de la naturaleza y contradiciendo nuestro sentir y anhelos más profundos. Esta visión, que niega la existencia de Dios, nos limita en nuestras posibilidades de entender las cuestiones que rodean la existencia del ser humano. Nos cierra puertas a la hora de intentar aproximarnos al conocimiento, a la Verdad. El ser humano está llamado a conocer y a profundizar sobre todo lo que conforma su existencia. Negar la existencia de un dios sólo por el hecho de que tengamos que enfrentarnos a la muerte y al dolor supone un reduccionismo más propio de civilizaciones primitivas que optan, bien por volver la espalda a lo que no entienden, bien por endiosar aquello de lo que pueden obtener un beneficio inmediato.

Sin ser éste el lugar para hacer un análisis filosófico o teológico sobre estas dos realidades que vienen acompañando la historia del ser humano, intentemos al menos apuntar algunas claves que nos permitan elevarnos por encima de los simios y trascender del hecho en sí.

Pensemos por un momento que no existieran ni la muerte ni el sufrimiento. No vamos a novelar la vida en base a esta hipótesis, pero hagámonos la siguiente pregunta: ¿cambiaría esa hipotética realidad nuestra actitud hacia Dios y hacia nuestros semejantes? ¿O quizá nos convertiría, si cabe, en más engreídos, vanidosos, soberbios? Sin la muerte ni el sufrimiento, ¿qué obstáculo tendríamos para conseguir alcanzar la permanente tentación de llegar a ser como dioses? Los límites de nuestra naturaleza, que conforman ciertamente la Ley Natural establecida por Dios, el orden natural, deben hacernos caer en la cuenta de lo necesaria que es la humildad para caminar por la vida. Para perfeccionarnos en lo personal y evolucionar como civilización. Un científico que no es humilde, no es un buen científico. Una persona soberbia, con la suerte añadida de que todo le vaya bien en la vida, no sólo resulta insoportable para quienes le rodean, es también una persona abocada al vacío existencial, al empobrecimiento de espíritu. Carne de siquiatra o de psicólogo.

Secuencia de la película Tierras de penumbra

El ser humano no ha sido creado para sufrir, ha sido creado para amar y ser amado. ¿Y no es la muerte y el sufrimiento las dos supremas circunstancias en las que el hombre agudiza su facultad de amar al sufriente? ¿No son estas situaciones de dolor las que despiertan en los demás, con más generosidad que ninguna otra, el amor incondicional al prójimo? Precisamente las circunstancias actuales, de enfermedad generalizada o de miedo a contraerla, son las que estamos viendo que despiertan la solidaridad entre quienes nos rodean. Vemos incluso actitudes que rayan en el heroísmo. Ante el sufrimiento no cabe amar poniendo condiciones. Estoy firmemente convencido de que si no existiera la muerte ni el sufrimiento no seríamos capaces de amarnos; antes bien, se propiciaría el odio y el rencor de los unos hacia los otros. Las ONG.s, las llamadas políticas sociales, la sociedad del bienestar; todo ello dejaría de tener sentido. No necesitaríamos ser buenos, porque nuestras maldades no harían sufrir a nadie. En definitiva, ¿qué sentido podría tener la humildad, el respeto, o incluso nuestra propia existencia? La grandeza del ser humano viene dada por su posibilidad y capacidad de sufrir, de morir. Y su bajeza, cuando ese ser humano se revela impotente contra el sufrimiento y la muerte.

También Jesucristo, nuestro Dios, fue tentado en diversas ocasiones para librarse de la muerte y del sufrimiento, físico y emocional. Sin embargo, una vez más, ese Dios a quien nosotros miramos y nos dirigimos, es coherente. Es un Dios próximo, que se identifica con la naturaleza humana. Porque nuestra naturaleza está hecha a Su imagen y semejanza. Precisamente por ser, como somos, conscientes de estas dos realidades que nos son tan propias, muerte y sufrimiento, este Dios en el que nosotros creemos no podía escabullirse de ellas. Que exista el sufrimiento y la muerte, y que Dios haya pasado por ello, nos debe reafirmar en la veracidad de nuestras creencias. En la Verdad de nuestra Fe.

Muerte en la alcoba
"Muerte en la alcoba" fue pintado por Edvard Munch en 1893

¡Qué buena ocasión para hacer ver a los hijos esta realidad de nuestra existencia! Con más frecuencia de la deseable, nos encontramos a chicos en la catequesis, o a padres, que se niegan a mirar de frente esta cualidad esencial de nuestra existencia. El sufrimiento no es otra cosa que la gran oportunidad que se nos brinda para amar sin condiciones, para amar con mayúsculas. Para amar cuando ningún beneficio podemos obtener de ello. Y esto hay que hacerlo ver cuando tratamos de educar. Quizá hay que abordarlo de manera prioritaria porque nuestro estilo de vida hace todo lo posible por ocultárnoslo. Hay que vivir el momento, el “carpe diem”, hay que saborear cada instante que nos regala la vida, pero el ser humano está llamado a trascender y no vulgarizar los momentos por los que atraviesa su vida. Trascender es lo que nunca podrá hacer un simio. Trascender es lo que nos convierte en propiamente humanos, porque ningún animal es capaz de hacerlo. Ayudemos a los demás a trascender para conseguir elevarlos y distanciarlos de nuestra condición animal. Eduquemos la dimensión trascendente para conseguir ser más propiamente humanos.

Y no seamos ingratos ni soberbios. Acerquémonos a quien nos ha regalado la vida. La oración es un gran instrumento de humildad, de fortaleza y de salud. Le haremos un gran favor a nuestros hijos si les enseñamos a rezar y les damos ejemplo de ello. Rezar por los contagiados y fallecidos y por sus familias para que Dios les dé consuelo no es muestra de demencia sino cordura que nos reporta sosiego y serenidad. Eso que las autoridades laicas nos solicitan pero que Dios nos puede facilitar como nadie. Por otra parte, nos puede liberar del miedo, que en estas ocasiones aflorar con facilidad.

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